Autoexigencia: de sobrevivir a vivir
La autoexigencia no es un rasgo con el que se nace. Es una estrategia de adaptación que aprendimos, y que podemos ir deshaciendo.
La autoexigencia, para mí, es una estrategia de adaptación que aprendemos en algún momento de nuestra vida para sobrellevar una situación difícil. Quizás hubo un día en el que interpretamos, por lo que sucedía en nuestro entorno, que quien se esforzaba conseguía lo que necesitaba. Quizás interpretamos que el éxito conllevaba sufrimiento. Quizás interpretamos que, para sentir la validación de otro, lo que hacíamos tenía que ser perfecto. Quizás interpretamos que un error significaba fracaso, en vez de parte del camino.
Y puede ser que eso se convirtiese en una manera de relacionarnos con nosotras mismas, con exigencia constante, y lo normalicemos. Y lo convirtamos en nuestra manera de funcionar.
Hasta que un día nos damos cuenta de que estamos agotadas.
El punto positivo de todo esto es que la autoexigencia no es un tema de personalidad con el que se nace y ya está. Es algo que, de la misma manera que incorporamos en nosotras, podemos ir deshaciendo.
En terapia, yo personalmente, he podido observar en qué puntos de mi vida empecé a programar en mi sistema de creencias que debía ser exigente conmigo misma para funcionar. He podido comprender, he podido expresar las emociones que quedaron estancadas en ese momento, he podido darle la vuelta y entender que ya no necesito seguir viviendo así.
Que eso no era vivir, era sobrevivir.
Y la supervivencia es parte de nosotros porque, cuando es necesaria, se usa. Si un león está a punto de atacarnos, necesitaremos todas nuestras capacidades para sobrevivir. Pero si un chico no responde a nuestro mensaje, no hace falta.
El problema es que, en ese momento, nuestro cuerpo puede reaccionar igual que frente al león. Ante ese silencio del chico que nos gusta, puede reaccionar como si fuésemos a morir, anticipando el peligro y reaccionando desde la defensa o el ataque.
Y pongo este ejemplo porque es uno de los miles que he vivido yo en estado de supervivencia sin un peligro de muerte real.
Ahora que sé lo que es vivir, me encanta acompañar a personas que se encuentran estancadas en esa autoexigencia a salir de ella, porque sé que es posible y que es más fácil de lo que la mente puede creer.
Es una transformación: pasar de tratarnos así y vivir la vida con tanta dureza, presión, rigidez y esfuerzo que se convierten en sufrimiento, ansiedad y agotamiento, a empezar a respirar, vivir, agradecer y disfrutar, y sentirnos más en paz con nosotras mismas, sea lo que sea que esté pasando a nuestro alrededor.
Y recordar que, cada vez que nuestro cuerpo se active o estemos pasando un momento difícil, la dureza no nos llevará a ningún lado.
Quizás podamos empezar a llevar con nosotras un trato más suave.
¿Cómo trataríamos a alguien a quien amamos cuando está pasando un momento complicado?
Con amor, ¿verdad?
Eso es lo que me gustaría que hiciera cada uno consigo mismo: tratarse con amor, en las buenas y en las malas.
Al final, cada una de nosotras es, para sí misma, la persona que siempre la va a acompañar, vaya donde vaya y pase lo que pase.
Entonces, ¿qué puede haber más importante que cuidar la relación con nosotras mismas?
Si nos pusiéramos a elegir a alguien que nos acompañara para siempre, probablemente buscaríamos a alguien que nos tratara bien, con amor, con respeto, con paciencia… Alguien con quien pudiéramos sentirnos seguras.
Pues si nos convertimos nosotras en esa persona para nosotras mismas, ya tenemos asegurado ese vínculo para siempre.
Y, además, depende de una misma.
Eso no significa que tengamos que hacerlo solas.
Yo agradezco profundamente a cada persona que se ha cruzado en mi camino y que, de una manera u otra, me ha ayudado a quererme más, a tratarme con más amor y a aprender a vivir desde un lugar más suave y amoroso.